viernes, 4 de marzo de 2011
Erato VII

Carapuchiña
a noite de mera
na que che lin
o teu conto
Aquela lúa que fomos
pasando unha a unha
as sabas sobre
o teu peito
Botácheste
as miñas fauces
coma se ti e non eu
fores a Besta
Trabáchesme
Rabuñáchesme
Azoutáchesme
ó doután
Agora dende ise día
son eu fame a feito
descosido quen ouvea
por ti dentro de ti
Presto a devorar
todos os meus rivais
no limiar vermello
e negro da
Túa grila
Xacendo na Loba

Caperucita
La noche de niebla
en que te leí
tu cuento
Aquella luna que fuimos
paseando una a una
las sábanas sobre
tu pecho
Te arrojaste
a mis fauces
como si tú y no yo
fueses la Bestia
Me mordiste
me arañaste
me azotaste
a tu antojo
Me jodiste como
sólo sabe joder
una animal
Loca
Ahora desde ese día
soy yo todo hambre
descosido quien aúlla
por ti dentro de ti
Dispuesto a devorar
a todos mis rivales
en el umbral rojo
y negro de
Tu coño
Yaciendo en la Loba
(Del libro Animales, 2009)
Xoán Abeleira (Venezuela, 1963)
*Fotografías: Deviant Art
jueves, 3 de marzo de 2011
martes, 1 de marzo de 2011
Frankenstein y la electricidad VI
En esta ocasión fueron catorce nudos. La excitación de Víctor parecía exigir mayores sujeciones. Lo cual hacía pensar que la próxima sesión sería la definitiva. Porque ya no cabían mas nudos en el hilo que rodeaba su sexo y, sobre todo, porque ya no había traba capaz de retenerlo. Tal era su ansia. No podía concentrarse en el trabajo y un ardor insoportable se extendía por su bajo vientre. Cumpliendo con el mandato de la Viuda, no se atrevía a rascarse, ni siquiera tocarse. Y la desazón le comía las ideas, se decía para explicar la paralización del experimento. La semana transcurrió en un ocioso nerviosismo. Pasó los días recordando, lo cual le dio satisfacción, y previendo, lo cual urgía su deseo. Más que un tiempo, fue un paréntesis. De hecho, cuando regresó a la habitación de la Viuda, tuvo la impresión de no haberla abandonado. Aunque quizá fueran las ganas de vivir siempre la misma escena o de habitar sin descanso en el mismo cuerpo…

¿Cómo se puede recordar con todo detalle lo que hace otra persona y apenas guardar en la memoria de lo que hace uno mismo? Porque Víctor, que atesoraba cada gesto, cada movimiento de la Viuda, apenas retuvo sus iniciativas. Se ve a sí mismo asediando el hechizo nacarado de la mujer, introduciendo su sexo bajo el velo, penetrándola de frente y luego por detrás, mientras ella se colocaba a cuatro patas… Pero no puede asegurar que eso ocurriera realmente. Quizá se tratara de un sueño. Y el sueño de la pasión engendra belleza.
Fue como una descarga eléctrica. Y le tuvo en trepidante agitación al margen de su voluntad. El frote entre dos cuerpos acaba magnetizándolos. Eso debía de haber ocurrido. A fuerza de restregarse contra la piel de la Viuda, se había convertido en un generador que, sin control ni conciencia, liberaba energía. ¿O era al revés y la recibía? Quizá la suavidad de las caricias, la magia de los nudos en su sexo o la intensidad del placer habían contribuido a incrementar el efecto… Poco importaban las explicaciones; se había producido movimiento en un cuerpo inerte… En su cuerpo inerte… ¡Cómo no se le había ocurrido antes! ¡Ésa era la clave del experimento, el ingrediente que faltaba para que su criatura cobrara vida!El experimento llegaba por fin a buen puerto. Sólo le quedaba fabricar el dispositivo y aplicarlo. Tendría que calcular la cantidad y la intensidad de las descargas, pero estaba convencido de que obtendría resultados. De hecho llevaba varios días enfrentado al nuevo ser y estudiando la mejor manera de proceder. Pero sin entusiasmo. El furor creativo de los meses anteriores había disminuido, relegado por intereses más acuciantes. Y es que los encuentros con la Viuda le habían marcado profundamente. Pero en el acuerdo no pactado de su relación quedaba claro que sería irrepetible. Como su nombre advertía desde el principio, la Viuda no se casaba con nadie.
Víctor Frankenstein, desazonado, permanecía encerrado en su laboratorio, deambulando con creciente agitación. Sin hacer nada, sin saber qué hacer. El cuerpo de su criatura, a pesar de mantenerlo en hielo, corría el peligro de descomponerse. Las suturas podían abrirse y los empalmes soltarse, y empezaba a pudrirse, al mismo tiempo que Víctor se marchitaba de desesperación. Así que una noche, un martes cualquiera, a sabiendas de que iba a incurrir en el peor de los delitos –contrariarla-, salió hacia el barrio prohibido. No estaba seguro de encontrarla, pero intuía que lo que había hecho con él también lo hacía con otros. En el mismo lugar y a las mismas horas. Al fin y al cabo, por muy maravillosa que hubiera resultado la experiencia, no dejaba de ser venal.
No había vuelto al barrio prohibido desde que estuviera con ella y el lugar le resultaba extraño. No reconocía las calles, las tabernas ni las gentes que se agitaban en ellas. El paisaje desfilaba ante sus ojos bajo una película roja de frustración que amortiguaba los sonidos y difuminaba las siluetas. Había intensidad en él, pero ningún objetivo. No tenía una idea clara de lo que iba a hacer. Se dejaba llevar por la idea, tan apasionada como estúpida, de que, al encontrarse de nuevo, sus cuerpos, imantados para siempre, se juntarían en un abrazo que nada ni nadie separaría. O, quizá, al reconocerle, sin necesidad de hablarle, ella le pediría que la llevara lejos de allí, juntos ya para el resto de sus días.

Su aventura en el barrio prohibido quedó enterrada para siempre en la tumba de la más profunda decepción. Sufrió tal impresión que durante varios días permaneció sin reaccionar, con la mirada perdida. Luego, por negación de lo insoportable o por afirmación de sí mismo, empezó a superarlo. Pero no lo olvidó. Al fin y al cabo, la experiencia le había enseñado que el sexo no era sino la electricidad de los sentidos. Y eso fue la clave de su experimento, la que finalmente le permitió cumplir el sueño de dar vida a un cuerpo inanimado. Pero si triunfó por lo que recordó, fracasó por lo que rechazó. Su criatura, que proyectó perfecta, devino monstruo. O, impactado por el desvelamiento de la Viuda, así se le antojo a él… Y, al igual que la había rechazado a ella, también rechazó a ese monstruo, lo cual provocó la desgracia que marcaría su destino y el de los suyos. Víctor Frankenstein ni siquiera se planteó que el placer extremo que aquella mujer le hizo experimentar, allá en lo más oculto de su velo, tal vez no procedía de la belleza sino de la deformidad. No pudo o no supo admitir que la fealdad no está reñida con el placer. O, más científicamente, que la electricidad proviene de la conexión estremecida de un polo positivo con otro negativo.
Antonio Altarriba















