martes, 22 de febrero de 2011

Frankenstein y la electricidad I








Subía la cuesta que conducía al cementerio con el corazón en un puño, sudoroso, jadeante, tembloroso. Alcanzaba la tapia a tientas, salvando con torpe funambulismo los accidentes de un terreno sumido en la oscuridad más profunda. Con la espalda pegada a la pared de ladrillo, se desplazaba hasta un pilar mellado que le servía para introducir el pie, tomar impulso, encaramarse al remate del muro, pasar las piernas al otro lado y saltar al interior. En cuanto sus pies tocaban suelo santo, un frío relampagueante se le infiltraba por las plantas, le subía por la columna y golpeaba con fuerza la parte inferior del cerebro –el bulbo raquídeo, casi con certeza- dejándole aturdido, prácticamente desorientado. Al desplazarse por el interior del recinto, un relente pútrido le envolvía, penetraba hasta el estómago y provocaba en él un escalofrío prolongado, un amago de arcada que no le abandonaba hasta que, horas después, saltaba el muro en dirección contraria y, encorvado con el peso de su cadavérica requisa, emprendía el camino de regreso.













El cementerio de Ingolstadt, como los de otras muchas ciudades en aquellos años de incertidumbre, rebosaba vida. En particular, las noches sin luna. El reposo de los muertos se veía alterado por el trajín de los profanadores de tumbas, ladrones de cadáveres, aprendices de nigromante y merodeadores en busca de placeres infames, una tropa espectral que se afanaba en recuperar para el mundo lo que el mundo había desahuciado. Escarbaban, desencajaban, desvestían, despojaban y hasta amputaban, en un intento de arrebatar de sus fauces lo que la muerte se disponía a tragar. Cual aduaneros de la última frontera, la que separa el aquí del más allá, decidían lo que debía volver y lo que, por falta de medios o interés, podía partir definitivamente. Muchos objetos cobraban así una segunda vida. Se hablaba de anillos de compromiso forjados con los dientes de oro de algún anciano, de chalecos tallados a partir de señoriales levitas, de zapatos devueltos a la circulación con un superficial recurtido, de muebles construidos con madera de ataúd… Hasta había quien aseguraba que el caldo del comedor de caridad se preparaba con huesos humanos. De ahí su inconfundible aroma. Y puede que en algún caso se tratara de rumores infundados, pero en las casas de empeño, almacenes de antigüedades y tiendas de segunda mano en Ingolstadt creían más en el reciclaje de las mortajas que en la resurrección de los muertos.





Víctor Frankenstein, a pesar de frecuentarlo durante más de dos años, no se acostumbró nunca a ese alboroto sepulcral. A él, hijo del síndico de Ginebra, criado en el seno de una familia cristiana, educado en el sacrificio y la renuncia, le repugnaban esas gentes que, escudándose en la pobreza, llevaban sus inclinaciones carroñeras hasta tan vergonzosos límites. Representaban lo peor de la especie humana. Por supuesto, nada tenían que ver con él, obligado a mezclarse con esa calaña para procurarse medios necesarios a su misión, pero a millas de distancia por la nobleza de sus fines. Al menos así pensaba cuando inició sus incursiones al camposanto. En una ocasión, impulsado y exculpado por su irreprochable causa, se permitió desalojar a un par de truhanes de la tumba en la que rebuscaban para, sin dar explicaciones, ocupar su lugar. No tardó en arrepentirse. En la tierra de los muertos no rigen los privilegios de los vivos, y el joven Frankenstein se vio obligado a aceptar el puesto que con palos y amenazas le indicaron. No sólo era el último llegado, sino que venía en busca de cuerpos, lo cual le colocaba en lo más bajo de la escala exhumadora. Por mucho que argumentara que sólo quería “fragmentos anatómicos para su experimento de laboratorio”, no dejaba de ser un traficante de carne humana, y por lo tanto más condenable que un ladrón o que un violador. Y sólo cuando los demás habían terminado con el nicho o cuando lo habían desechado, podía iniciar él su “científica” excavación.


Desplegaba el instrumental médico con aparatoso alarde, pero sus compañeros de pala y fosa seguían viendo en él a un depravado que acarreaba cadáveres o, con habilidad pestilente, los troceaba y transportaba en piezas sueltas. Él mismo sobrellevaba con dificultad la recolecta de despojos y, aunque en la universidad se había familiarizado con los efectos de la descomposición de los cuerpos, no podía evitar la repugnancia. Además, su entusiasmo por el experimento no lograba acallar un sentimiento de culpa que se había enroscado en su conciencia y que, tras cada visita al cementerio, le oprimía con más fuerza. Una noche -¿hacía meses o una eternidad?-, de regreso a su habitación tras depositar en el laboratorio su macabra carga, se topó con su imagen en el espejo. Al principio se sobresaltó, incapaz de reconocerse: esa figura macilenta, desgreñada, con el traje desgarrado y el rostro tiznado no podía ser él. Ni sus facciones ni sus expresiones coincidían con el aspecto al que estaba acostumbrado. Pero nada le extrañó más que la mirada de esos ojos iluminados por la fiebre, ¿o quizá por el fuego fatuo? Víctor Frankenstein, aterrado ante el espejo, comprendió que estaba poseído.













El estar poseído era la única explicación de su comportamiento. Aunque, más que poseído, debiera considerarse desposeído. Porque todo lo motivó la muerte de su madre. A pesar de contar con una amantísima familia, a pesar incluso del vínculo que le uniría con la prima Isabel –que su madre misma consagró en el lecho de muerte-, no pudo evitar un arrasador sentimiento de pérdida tras su fulminante enfermedad y su prematuro fallecimiento. Su presencia le resultaba tan irreemplazable que no pudo aceptarlo. De nada sirvió el consuelo cristiano con el que su padre intentó confortar a sus hermanos. Su dolor era demasiado grande para diluirlo en la resignación. Así que se rebeló. ¿Cómo explicar, si no, la decisión de crear vida que se impuso en él a partir de aquel momento? ¿No era una muestra de insumisión e incluso de suplantación de la voluntad divina? Si Víctor Frankenstein se juró a sí mismo que algún día lograría animar la materia inerte, fue porque su madre, la bella, la dulce, la única Catalina de Beaufort, le dejó. Sólo venciendo a la muerte quedaría al margen del desamparo, sólo dando vida podría hacerse la ilusión de recuperarla. Él nació de ella; ahora ella, de alguna manera, renacería de él.












La voluntad demiúrgica del joven Frankenstein encontró cauce cuando, apenas concluidos los funerales, abandonó la ciudad de Ginebra para emprender sus estudios en la Universidad de Ingolstadt, reputada por poseer una de las mejores facultades de medicina. Al llegar, repartido entre el dolor de la orfandad y la arrogancia de la juventud, ni siquiera ocultó las ambiciosas intenciones que le traían allí. Y, a pesar de las advertencias de los profesores y las burlas de los compañeros, porfió en el proyecto y siempre confió en su capacidad de llevarlo a cabo. Desde el primer año, siguiendo las clases del profesor Waldman y muy especialmente las del profesor Krempe, se dedicó a estudiar la anatomía humana y los resortes que la animaban. Atrajeron su atención la circulación sanguínea, con sus innumerables canalizaciones, y, sobre todo, la compleja red de conexiones nerviosas. Ahí radicaban las claves de la fisiología y, en consecuencia, el principio de todo movimiento. ¿Y qué es la vida sino la capacidad de reaccionar al entorno y de desplazarse en él? De modo que se dedicó a injertar, empalmar, ajustar, reforzar los circuitos por los que, según él, circulaba el impulso básico de la vida, la energía esencial que transformaba la volunta en acto.


Ello le obligó a la manipulación de cuerpos o de despojos cárnicos en distintos grados de corrupción. Frecuentó la sala de disección y hasta el depósito de cadáveres de la universidad, pero pronto no tuvo suficiente con el suministro legal. Necesitaba experimentar con cada fibra y comprobar cómo constituían un tejido, encontrar el arranque neuronal que conectaba con cada terminación, descubrir el recorrido de venas, arterias, vasos linfáticos y demás conductos. Sólo así podría construir a su Adán. Porque se trataba de eso, de crear un nuevo ser que superara los vicios y limitaciones de los humanos. Juntar las partes de individuos que hubiera destacado por su destreza, su inteligencia y, sobre todo, por su belleza. Su criatura sería un conglomerado de perfección, la conjunción minuciosamente hilvanada de la mejor selección de la especie.














A Víctor Frankenstein esta tarea se el antojaba repulsiva e inmensa. Pero nunca pensó en abandonar. Arrebatado por el carácter prometeico de la empresa, ni siquiera tenía en cuenta las dificultades, confiado en su técnica –o en su paciencia-, seguro del triunfo. Alumbraría un ejemplar único, rotundo en sus dimensiones –ocho pies de estatura-, atractivo en sus facciones, irreprochable en sus acciones. Su comportamiento serviría de ejemplo a una sociedad pervertida por la civilización y, ¿quién sabe?, quizá hasta modificara su incierto rumbo. Sin embargo, aunque los objetivos resultaran alentadores, a veces se desanimaba o, como decía él, enfermaba. La constante manipulación de restos humanos le dejaba un tacto viscoso y un olor a cadáver en la piel que no desaparecía ni con baños ni con enjuagues cítricos. Como consecuencia de esta impregnación mórbida, él mismo desfallecía y, tras pasar largas jornadas comprobando epidermis o trasplantando carnes, caía en un estado de ausencia, con la mirada perdida y la respiración estancada, en el que permanecía horas enteras. Su búsqueda de la vida le obligaba a instalarse en la muerte y, como reacción tan comprensible como incontrolable, la conciencia le abandonaba.














Una noche sin luna, al salir de casa, en lugar de encaminarse al cementerio, sus pasos tomaron otra dirección. Ni el mismo Frankenstein sabía adónde se dirigía. De hecho, creyó que, en un aplazamiento de sus tareas desenterradoras, tan sólo deambulaba por la ciudad. Pero al llegar a su destino, al comprobar que era ése y ningún otro el lugar donde quería ir, comprendió la fuerza, quizá la necesidad, de su impulso. Nunca había estado en el barrio prohibido de Ingolstadt. Sin embargo, por su andar decidido y por su comportamiento experto, le tomaron por visitante habitual y él mismo, escandalizado al principio y divertido después, se dijo que obedecía a un resorte oculto que, sin poderlo evitar –y también sin quererlo-, le llevaba a compensar su dedicación a la muerte con unas horas de diversión.



El barrio prohibido de Ingolstadt, magnificado más por la burguesa indignación de sus detractores que por la depravación de sus atracciones, constaba de media docena de calles enclavadas en la parte antigua de la ciudad, donde se agolpaban burdeles y tabernas. Víctor se asomó a varias de ellas sin atreverse a entrar. Le fascinaba el ambiente tibio y maloliente, poblado de gritos, risas, canciones desentonadas y bañado en la luminosidad mortecina de las velas. Pero lo que más le atraía eran esas carnes –tersas unas, arrugadas otras- que asomaban por las generosas escotaduras de los vestidos. Casi todas las mujeres exhibían los hombros, se movían sin enaguas ni bragas bajo unas faldas que arremangaban con frecuencia y daban muestras de una provocadora insolencia. Cuando se decidió a entrar, tuvo la mala fortuna de toparse con unos compañeros de curso. En cuanto le vieron, le llamaron a voces y le invitaron a unirse al grupo. Conocedores de su dedicación al trabajo y de su carácter retraído, disfrutaron gastándole bromas, forzándole a beber y confrontándolo con el obsceno descaro de una prostituta.

Pasados los primeros minutos de desconcierto, la reacción de Víctor causó sorpresa entre sus compañeros. Porque, lejos de avergonzarse, se mostró curioso, incluso lúbrico. Bastaron dos vasos de ginebra para que empezara a estrechar la cintura y a acariciar los brazos de Lily, como todos la llamaban. Luego, sin mediar palabra, introdujo las manos por el escote de la camisa y, tras una breve exploración, sacó fuera sus dos pechos. Eran grandes, redondos y, a pesar de la edad, todavía contundentes. Víctor los palpaba con una mezcla de placer y curiosidad clínica. Nunca había visto el cuerpo desnudo de una mujer viva y, mucho menos, tocado sus partes íntimas. El contacto era cálido, suave, tierno y lleno de vida porque los pechos, desbocados por las carcajadas, se agitaban desenfrenadamente sobre sus palmas. Ni Lily ni los estudiantes podían parar de reír ante el atrevimiento del novato y, sobre todo, ante su expresión pasmada, a caballo entre la perplejidad y el deleite. Víctor, indiferente a la compañía, los sopesaba, los apretaba, los juntaba, los separaba, los masajeaba y, llevado por el hechizo mamario, los contemplaba fijamente como si fueran dos ojos areolados que le miraban de hito en hito.














Bebió mucho aquella noche, él que apenas probaba el alcohol. Manoseó a todas las mujeres que desfilaron por la mesa. Y fueron muchas porque, divertidas por la compulsión carnal del joven y financiadas por los estudiantes, todas se prestaban a sus caricias. Se acercaban y, con risas y comentarios cargados de doble intención, dejaban que explorara entre sus prendas o directamente le ofrecían un vientre, unos muslos, unas nalgas. El joven Frankenstein se entregó al apretón, la palmada, el roce o el pellizco hasta perder el sentido. La densa atmósfera del local, la excitación y, sobre todo, la ginebra acabaron surtiendo efecto. Cuando se desmayó, con un hilo de baba escurriendo por la comisura de los labios y una expresión angelical en el rostro, el tabernero ordenó que lo echaran a la calle. Lily, que empezaba a sentir por Víctor un cariño más maternal que lascivo, intercedió y logró que pasara la noche en la habitación que compartía con otras chicas.

Cuando despertó, todavía estaba borracho y una agradable torpeza le embargaba. No recordaba nada de lo ocurrido, pero Lily lo sujetaba amorosamente entre los brazos mientras uno de los pechos desbordaba sobre su boca, como si lo amamantara. No estaban solos. Las cuatro prostitutas que animaban el local se apretaban en el mismo catre. Todas dormían. El sudor de sus cuerpos, el olor de sus intimidades, los pliegues de sus grasas se le antojaron un paraíso. Acostumbrado al hedor y a la textura de la carne muerta, la carne viva, secretora y palpitante, se le antojó casi un hogar. Aspiró el aroma de esas mujeres sucias, quizá infectadas, pero intensamente vivas, y luego, recuperando la pulsión táctil de la noche anterior, se dispuso a acariciarlas. Se apretó contra ellas, las lamió, las estrujó hasta que, también ebrias, terminaron despertando y, de peor humor por la mañana, lo pusieron en la calle.

Amanecía en Ingolstadt y el frío del alba calaba hasta los huesos. El paisaje le resultaba desconocido y las gentes del barrio, mendigos y ladrones en su mayoría, amables, dignos de compasión en el peor de los casos. Víctor Frankenstein respiraba el aire del nuevo día, se entregaba a su luz recién estrenada y, olvidado de su trabajo con los muertos, casi se sentía feliz.


... Continuara











Maravilla en el país de las Alicias
Antonio Altarriba
Colección La sonrisa vertical
Tusquest Editores, S.A.
ISBN: 978-84-8383-223-3
1ª Edición: febrero 2010












Ilustraciones
de Bernie Wrightson
para el Frankenstein de
Mary Wollstonecraft Shelley







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