jueves, 18 de febrero de 2010

Dama en la horca







Llego al pie del patíbulo, esposadas

las manos a la espalda, los tobillos

encadenados, medio paso apenas,

y, con otra cadena, a los grilletes.

Los guardias, arrastrándome y con gritos

me hacen subir los altos escalones

y, ya arriba, me entregan al verdugo.

Todos me ven ahora: visto un traje

sastre negro, también las medias negras,

falda corta, escotada la chaqueta,

que deja ver mis senos y el sostén,

zapatos de charol y alto tacón;

voy peinada a la moda y maquillada

con esmero, los ojos mucho rímel

y la boca pintada rojo vivo;

llevo guantes, pulseras y un collar

de tres vueltas de perlas y pendientes

largos de plata y un perfume caro.

Me han condenado a muerte vil en horca

y es el momento de la ejecución.

Me obligan a ponerme de rodillas,

¡cuidado –les suplico- con mis medias!,

Y me leen los motivos y sentencia.

En seguida, el verdugo me levanta

y me conduce al borde del cadalso

y me venda los ojos con un paño

y me coloca el nudo corredizo

a un lado de mi cuello, bajo el pelo.

Con rapidez, me amarra los tobillos

Juntos. Gimo y sollozo. Me amordaza.

Desvalida, bellísima y esbelta,

no puedo ver el público, que grita.

El verdugo me agarra la cintura

Debajo de mis manos esposadas

y me empuja con fuerza hacia delante.

Mis zapatos resbalan en las tablas

y bruscamente caigo y me detengo

a muy pocos centímetros del suelo.

Siento un golpe terrible en la cabeza.

Mis tacones altísimos de aguja

bailan buscando el imposible apoyo.

Poco a poco me inmovilizo y muero

y me quedo girando lentamente,

la cabeza inclinada, el pecho alto,

ambos zapatos de tacón calzados

y las costuras de las medias rectas

hasta el ceñido borde de la falda.









Poemas del amor cruel

José Alcalá-Zamora





*Ilustraciones: John Willie





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