sábado, 13 de junio de 2009

Candaules









Candaules, rey de Lidia, muestra a su mujer escondiendo a Giges, uno de sus ministros, mientras se va a la cama". Esta imagen ilustra la versión de Heródoto del cuento de Giges, 1820 de William Etty (1787-1849).




Soy Candaules, rey de Lidia, pequeño país situado entre Jonia y Caria, en el co­razón de aquel territorio que siglos más tarde llamarán Turquía. Lo que más me enorgullece de mi reino no son sus montañas agrietadas por la sequedad ni sus pastores de cabras que, cuando hace falta, se enfren­tan a los invasores frigios y eolios y a los dorios venidos del Asia, derrotándolos, y a las bandas de fenicios, lacedemonios y a los nómadas escitas que llegan a pillar nuestras fronteras, sino la grupa de Lucrecia, mi mujer.
Digo y repito: grupa. No trasero, ni culo, ni nalgas ni posaderas, sino grupa. Porque cuando yo la cabalgo la sensación que me embarga es ésa: la de estar sobre una yegua musculosa y aterciopelada, puro nervio y docilidad. Es una grupa dura y acaso tan enorme como dicen las leyendas que sobre ella corren por el reino, inflamando la fantasía de mis súbditos. (A mis oídos llegan todas pero a mí no me enojan, me halagan.) Cuando le ordeno arrodillarse y besar la alfombra con su frente, de modo que pueda examinarla a mis anchas, el precioso objeto alcanza su más hechicero volumen. Cada hemisferio es un paraíso carnal; ambos, se­parados por una delicada hendidura de vello casi imperceptible que se hunde en el bosque de blancuras, negruras y sedosidades em­briagadoras que corona las firmes columnas de los muslos, me hacen pensar en un al­tar de esa religión bárbara de los babilonios que la nuestra borró. Es dura al tacto y dulce a los labios; vasta al abrazo y cálida en las noches frías, una almohada tierna para re­posar la cabeza y un surtidor de placeres a la hora del asalto amoroso. Penetrarla no es fácil; doloroso más bien, al principio, y has­ta heroico por la resistencia que esas carnes rosadas oponen al ataque viril. Hacen falta una voluntad tenaz y una verga profunda y perseverante, que no se arredran ante nada ni nadie, como las mías.






Cuando le dije a Giges, hijo de Dáscilo, mi guardia y ministro, que yo estaba más orgulloso de las proezas cumplidas por mi verga con Lucrecia en el suntuoso bajel lleno de velámenes de nuestro tálamo que de mis hazañas en el campo de batalla o de la equidad con que imparto justicia, él festejó con carcajadas lo que creía una broma. Pero no lo era: lo estoy. Dudo que muchos habitantes de Lidia puedan emularme. Una noche –estaba ebrio– sólo por averiguarlo llamé al aposento a Atlas, el mejor armado de los esclavos etíopes. Hice que Lucrecia se inclinase ante él y le ordené que la montara. No lo consiguió, por lo intimidado que es­taba en mi delante o porque era un desafío excesivo para sus fuerzas. Varias veces lo vi adelantarse, resuelto, empujar, jadear y re­tirarse, vencido. (Como el episodio mortifi­caba la memoria de Lucrecia, a Atlas lo mandé luego decapitar.)
Porque lo cierto es que a la reina yo la quiero. Todo en mi esposa es dulce, delica­do, en contraste con la esplendidez exube­rante de su grupa: sus manos y sus pies, su cintura y su boca. Tiene una nariz respin­gada y unos ojos lánguidos, de aguas mis­teriosamente quietas que sólo el placer y la cólera agitan. Yo la he estudiado como, ha­cen los eruditos con los viejos infolios del Templo, y aunque creo saberla de memoria, cada día –cada noche, más bien– descu­bro en ella algo nuevo que me enternece: la suave línea de los hombros, el travieso hue­secillo del codo, la finura del empeine, la redondez de sus rodillas y la transparencia azul del bosquecillo de sus axilas.
Hay quienes se aburren pronto de su mujer legítima. La rutina del matrimonio mata el deseo, filosofan, qué ilusión puede durar y embravecer las venas de un hombre que se acuesta, a lo largo de meses y años, con la misma mujer. Pero a mí, a pesar del tiempo de casados que llevamos, Lucrecia, mi señora, no me hastía. Nunca me ha aburrido. Cuando voy a la caza del tigre y el elefante, o a la guerra, su recuerdo acelera mi corazón igual que los primeros días y cuando acaricio a alguna esclava o mujer cualquiera para distraer la soledad de las noches en la tienda de campaña, mis manos sienten siempre una lacerante decepción: ésos son apenas traseros, nalgas, posaderas, culos. Sólo la de ella –¡ay, amada!– grupa. Por eso le soy fiel de corazón; por eso la amo. Por eso le compongo poemas que le recito al oído y a solas me echo de bruces al suelo a besarle los pies. Por eso he cu­bierto sus cofres de alhajas y pedrerías y encargado para ella de todos los rincones del mundo esos calzados, vestidos y adornos que nunca terminará de estrenar. Por eso la cuido y venero como la más exquisita po­sesión de mi reino. Sin Lucrecia, la vida para mí seria muerte.
La historia real de lo ocurrido con Giges, mi guardia y ministro, no se parece mucho a las habladurías sobre el episodio. Ninguna de las versiones que he oído roza siquiera la verdad. Siempre es así: aunque la fantasía y lo cierto tienen un mismo corazón, sus rostros son como el día y la noche, como el fuego y el agua. No hubo apuesta ni trueque de ninguna especie; todo ocurrió de improviso, por un súbito arranque mío, obra de la casualidad o intriga de algún diosecillo juguetón.
Habíamos asistido a una interminable ceremonia en el descampado vecino a Pala­cio, donde las tribus vasallas venidas a pre­sentarme sus tributos ensordecieron nues­tros oídos con sus cantos salvajes y nos cegaron con la polvareda que levantaban las acrobacias de sus jinetes. Vimos también a una pareja de esos hechiceros que curan los males con ceniza de cadáveres y a un santo que oraba girando sobre los talones. Este último fue impresionante: impulsado por la fuerza de su fe y por los ejercicios respira­torios que acompañaban su danza –un ja­deo ronco y creciente que parecía salir de sus entrañas– se convirtió en un remolino hu­mano, y, en un momento dado, su velocidad lo desapareció de nuestra vista. Cuando de nuevo se corporizó y se detuvo, sudaba como los caballos después de una carga y tenía la palidez alelada y los ojos aturdidos de los que han visto a un dios o a varios.





De los hechiceros y el santo estábamos hablando mi ministro y yo, mientras paladeábamos una copa de vino griego, cuando el buen Giges, con ese chispeo malicioso que la bebida deposita en su mirada, bajó de pronto la voz para susurrarme:
–La egipcia que he comprado tiene el trasero más hermoso que la Providencia concedió nunca a una mujer. La cara es imperfecta; los pechos menudos y suda en exceso; pero la abundancia y generosidad de su posterior compensa con creces todos sus defectos. Algo cuyo solo recuerdo me pro­duce vértigo, Majestad.
–Muéstramelo y yo te mostraré otro. Compararemos y decidiremos cuál es el me­jor, Giges.
Lo vi desconcertarse, parpadear y entrea­brir los labios para no decir nada. ¿Creyó que me burlaba? ¿Temió haber oído mal? Mi guardia y ministro sabía muy bien de quién hablábamos. Formulé aquella pro­puesta sin pensar, pero, una vez hecha, un gusanito dulzón comenzó a roerme el cere­bro y a causarme ansiedad.
–Te has quedado mudo, Giges. ¿Qué te ocurre?
–No sé qué decir, señor. Estoy con­fuso.
–Ya lo veo. En fin, responde. ¿Aceptas mi oferta?
–Su Majestad sabe que sus deseos son los míos.

Así comenzó todo. Fuimos primero a su residencia y, al fondo del jardín, donde están las termas de vapor, mientras sudábamos y su masajista nos rejuvenecía los miembros, examiné a la egipcia. Una mujer muy alta, con el rostro averiado por esas cicatrices con que las gentes de su raza consagran a las muchachas púberes a su sangriento dios. Ya había dejado atrás la juventud. Pero era interesante y atractiva, lo admito. Su piel de ébano brillaba entre las nubes de vapor como si hubiera sido barnizada y todos sus movimientos y actitudes revelaban una extraordinaria soberbia. No había en ella asomo de ese abyecto servilismo tan frecuente en los esclavos para ganar el favor de sus dueños, sino más bien una elegante frialdad. No entendía nuestro idioma pero descifraba al instante las instrucciones que mediante gestos le impartía su amo. Cuando Giges le indicó lo que queríamos ver, ella, envolvién­donos a ambos unos segundos en su mirada sedosa y despectiva, dio media vuelta, se inclinó y con ambas manos levantó su tú­nica, ofreciéndonos su mundo trasero. Era notable, en efecto, y milagroso para quien no fuera el marido de Lucrecia, la reina. Duro y esférico, sí, de curvas suaves y de una piel lampiña y granulada, de visos azu­les, por la que resbalaba la mirada como sobre el mar. La felicité y felicité también a mi guardia y ministro por ser propietario de tan dulce delicia.







Candaules de Bruce Rowland





Para cumplir la parte que me correspon­día de la oferta, debimos actuar con el ma­yor sigilo. Aquel episodio con Atlas, el es­clavo, fue profundamente chocante para mi mujer, ya lo he dicho; se prestó a ello por­que Lucrecia complace todos mis caprichos. Pero la vi avergonzarse de tal modo mien­tras Atlas y ella representaban infructuosa­mente la fantasía que tramé, que me juré a mí mismo no volver a someterla a prueba semejante. Aún ahora, corrido tanto tiempo desde aquella ocurrencia, cuando del pobre Atlas no deben quedar sino los huesos pu­lidos en el hediondo barranco lleno de bui­tres y halcones donde sus restos fueron arro­jados, la reina se despierta a veces en la noche, sobresaltada de zozobra en mis bra­zos, pues en el sueño la sombra del etíope ha vuelto a enardecerse encima de ella.
De modo que esta vez hice las cosas sin que mi amada lo supiera. Por lo menos ésa fue mi intención, aunque, recapacitando, hurgando en los resquicios de mi memoria lo sucedido aquella noche, a veces dudo.
Hice entrar a Giges por la puertecilla del jardín y lo introduje en el aposento mientras las doncellas desnudaban a Lucrecia y la perfumaban y la untaban con las esencias que a mí me gusta oler y saborear sobre su cuerpo. Indiqué a mi ministro que se ocul­tase detrás del cortinaje del balcón y que procurara no moverse ni hacer el menor ruido. Desde esa esquina, tenía una visión perfecta del hermosísimo lecho de columnas labradas, con escalinatas y cortinas de raso rojo, recargado de almohadillas, sedas y preciosos bordados, donde la reina y yo libramos cada noche nuestros encuentros amorosos. Y apagué todos los mecheros de manera que la habitación quedó apenas iluminada por las lenguas crujientes del hogar.
Lucrecia entró poco después, flotando en una vaporosa túnica semitransparente, de seda blanca, con filigrana de encaje en los puños, el cuello y el ruedo. Llevaba un collar de perlas, una cofia y envolvían sus pies unas chinelas de madera y fieltro, de tacón alto.
La tuve así un buen rato, gustándola con los ojos y regalándole a mi buen ministro ese espectáculo para dioses. Y mientras la contemplaba y pensaba en que Giges lo hacía también, esa maliciosa complicidad que nos unía súbitamente me inflamó de deseo. Sin decir palabra avancé sobre ella, la hice rodar sobre el lecho y la monté. Mientras la acariciaba, la cara barbada de Giges se me aparecía y la idea de que él nos estaba viendo me enfebrecía más, espolvoreando mi placer con un condimento agri­dulce y picante hasta entonces ignorado por mí. ¿Y ella? ¿Adivinaba algo? ¿Sabía algo? Porque creo que nunca la sentí tan briosa como esa vez, nunca tan ávida en la inicia­tiva y en la réplica, tan temeraria en el mordisco, el beso y el abrazo. Acaso presen­tía que, aquella noche, quienes gozábamos en esa habitación enrojecida por la candela y el deseo no éramos dos sino tres.
Cuando, al amanecer, Lucrecia ya dor­mida, me deslicé en puntas de pie fuera del lecho, para guiar a mi guardia y ministro hasta la salida del jardín, lo encontré tem­blando de frío y de pasmo.


–Usted tenía razón, Majestad –bal­buceó, extasiado y trémulo–. Lo he visto y es tan extraordinario que no puedo creer­lo. Lo he visto y aún me parece que sólo lo soñé.
–Olvídate de todo ello cuanto antes y para siempre, Giges –le ordené–. Te he concedido este privilegio en un arrebato ex­traño, sin haberlo meditado, por el aprecio que te tengo. Pero, cuidado con tu lengua. No me gustaría que esta historia se volviera habladuría de taberna y chisme de merca­do. Podría arrepentirme de haberte traído aquí.
Me juró que nunca diría una palabra. Pero lo ha hecho. ¿Cómo, si no, correrían tantas voces sobre el suceso? Las ver­siones se contradicen, cada cual más dis­paratada y más falsa. Llegan hasta nosotros y, aunque al principio nos irritaban, ahora nos divierten. Es algo que ha pasado a for­mar parte de este pequeño reino meridional de aquel país que siglos más tarde llamarán Turquía. Igual que sus montañas resecas y sus súbditos rústicos, igual que sus tribus itinerantes, sus halcones y sus osos. Después de todo, no me desagrada la idea de que, una vez que haya corrido el tiempo, tragán­dose todo lo que ahora existe y me rodea, para las generaciones del futuro sólo perdu­re, sobre las aguas del naufragio de la his­toria de Lidia, redonda y solar, munificente como la primavera, la grupa de Lucrecia la reina, mi mujer.




Elogio a la madrastra, 1988 de Mario Vargas Llosa















Candaulismo: fantasía en la que el marido expone a su mujer, o fotos de ella, a voyeurs para su deleite y placer.







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